Desde niña tuvo grandes dones místicos que guardó en su corazón hasta que cumplió los quince años. De este modo Matilde pudo multiplicar los talentos que Dios le había regalado: una gran inteligencia y una bellísima voz por la que fue denominada «ruiseñor de Dios».
Matilde fue una mujer obediente, humilde y piadosa, de gran espíritu penitencial, ardiente caridad. Tuvo gran devoción a María y al Sagrado Corazón de Jesús con el que mantuvo místicos coloquios. Supo llegar al corazón de las personas que pusieron bajo su responsabilidad y las llevó con gran amor a Cristo.

